viernes, 12 de noviembre de 2010

julito



Julito, como solía llamarle su tía patricia, se levantó con todo su característico ánimo y se vistió con la camiseta del poderoso de la montaña, la que le regaló su papá 2 días antes de su trágico fin, autografiada por el mismísimo mao Molina, ese ídolo que hizo ganar al Medellín su estrellita que hace rato le hacía falta .
Alistó sus tenisitos para darle bien a ese balón, sus tenis de la suerte, los que siempre había llevado a los partidos importantes, y este era uno de ellos, esta vez su cuadra jugaba contra la cuadra del lado, la que estaba paralela a la suya, y en la que vivía ese grandote, ese puberto precoz, ese gordo al que llamaban dieguito, ¡ja!, ¿dieguito? Con su masa podría ser 3 diegos y sobraba.
Bajó las escaleras y lo único que encontró listo fue una arepa fría y requemada, y un chocolate que suponía que su madre había dejado; su madre, Lucía, estaba trabajando como mesera en un restaurante del centro y su jornada iba de 6 a 8, todo por sus hijos decían los vecinos pero en su corazón ella sabía que todo era por salir de la monotonía de la vida después de la muerte de Darío, su esposo.
Se tomó el chocolatito así, frío, pero eso si, con todas las ganas, porque sabía que si su mamá se lo había hecho le daría energías para meterle el balón en la portería al gordo “dieguito”. Por fin iba a ganarle, lo sentía, ya habían sido 2 meses de partidos continuos los domingos, y todos los habían perdido, todos perdidos por el maldito gordo, pero esta vez era diferente, esta vez se había puesto la camiseta de su papá y sus tenisitos de la suerte, no podía perder.
Salió de su casa, emitió un leve grito – chao césar, me voy a la cancha, vuelvo por la tarde- césar era su hermano, un estudiante de biología de la de Antioquia y ese día había llegado con un amigo de la U a las 3 de la mañana; lo más probable es que no lo hubiera escuchado.
Con la arepita y el chocolate duraría aproximadamente hasta las 3:00 p.m.
Caminando hacia la cancha se sintió un poco extraño, sentía que su estomago hacía más ruidos de los usuales.
-¡Julito, vení pues, te estamos esperando a vos!- gritó pablo el mejor amigo de julio. Julito se apresuró y se dio la bendición antes de entrar en la cancha con aquella fe que todos los futbolistas le tienen al ultra-terrenal.
Julito entró en la cancha y comenzó el partido, nada fuera de lo normal, el equipo de la otra cuadra sacaba y tenía muy buen control del balón, julito atacaba como de costumbre, y no lograba quitar el balón, fue sólo cuando su amigo pablo lo despejó, que julito pudo tocar el balón y como un torrente de energía, algo entró en sus venas y afectó su sistema nervioso, julito tenía en sus pies una bola inmensa de fuego, y el ambiento estaba lleno de colores vivos y sicodélicos, la pelota fluyó y así lo hizo él siguiéndola, sus pies se movían con la agilidad de un lince, el balón corría como si el estuviera sólo en la cancha, cuando levantó la cabeza vio al final del campo lleno de criaturas inverosímiles a un demonio, un demonio que se interponía entre el y un gol, un gol que siempre había querido anotar, un gol que sería su objetivo, un gol que le daría sentido a su vida, el demonio cubría toda la arquería, escupía fuego de miles colores y le gritaba –¡Quiubo pues niñita!, pa que tocas ese balón si no tenes fuerza pa hacerme un gol, a que no sos capaz de meterme un gol, dale pues, o qué, ¿Te da miedito?-

Julito con pasos agigantados recorrió toda la cancha y cuando llegó frente al demonio pateó el balón con todas sus fuerzas. El balón golpeó la cara del demonio, lo derribó, y causó que chorros de sangre se esparcieran por todo el lugar. Cuando el demonio cayó, jullito se lanzó encima, mientras lo golpeaba en la cara decía -¡¡si ves diablo marica, te hice gol hijueputa!! Sus amigos trataban de calmarlo diciéndole que era dieguito, que cual demonio, que no le pegara más por favor, mientras que su hermano césar, en su casa, en ese mismo instante se levantaba con su amigo Gara a tomarse el chocolatito de hongos alucinógenos que habían dejado enfriándose al lado de la arepa requemada.
 

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