viernes, 12 de noviembre de 2010

carta de un marinero


El mar, y su brisa característica acariciaban tus cabellos con tal dulzura que la vida se me iba con cada ventarrón, la luz del sol en nuestros cuerpos y el simple, pero tranquilizante y profundo sonido de las aguas nos arrullaban; veíamos como nuestras vidas no habían tenido sentido hasta ese preciso momento, pero aún así, no tendrían sentido cuando pasara la ola, no tendría sentido cuando la marea se fuera, no tendría sentido cuando tu corazón estuviera ausente, no tendría sentido sin ti, sin mí, sin nuestros cuerpos.
Tu voz no sería muy distinta a la de los fulgores del mar, no sería muy distinta a la de las enemigas de Odiseo, no sería muy distinta si me amaras, pero como sólo te encuentras cuando estás sola, yo no debo interferir y así dejaré que fluyas, voy a dejar que te vayas, ¡vete¡ y no regreses. Sé que te es imposible, volverás, al fin y al cabo volverás a mi con la próxima ola, con el próximo intento del mar por alcanzar tierra firme, por dominar con esos ímpetus tan suyos. Te iras por un lapso tan corto, y aún así, aún si te digo que te vayas, te extrañaré, y viviré cada segundo desde que te vayas como una eternidad hasta que vuelvas y me acaricies con tus suaves mantos, me beses con tus dulces olas, me arrulles con tus efímeros sueños y me ames como yo te amo a ti.
A la mar.

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